PRENSA


Mucho más que arte

DIARIO EXPRESO / MARIA CARIDAD DAVALOS

QUITO / 14 JUL 2019 / 00:06

Hija del emblemático pintor Oswaldo Guayasamín, cuenta cómo ha sido su recorrido, a base de empuje, y la fuerte determinación de hacer nombre por sí misma.

Shirma Guayasamín, hija de Oswaldo Guayasamín y Luce DePeron. (Foto: Gustavo Guamán)

Shirma Guayasamín, hija de Oswaldo Guayasamín y Luce DePeron. (Fotos: Gustavo Guamán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No crecer bajo su sombra la impulsó, muy joven, a estudiar Arquitectura en Francia, pero al encontrar la escultura, se entendió a sí misma con una expresión propia. Y, dice, aunque muchas puertas se han abierto en el camino, por ser quien es, otras, ella misma ha cerrado, intentando distanciarse de esta figura enorme y tan presente en el arte ecuatoriano.

En su departamento, rebotan, simultáneamente, la luz y la sombra, como un reflejo exacto de su vida. En cada espacio posible hay piezas de invaluable valor que le ha tocado por doble vía. Lo de Oswaldo Guayasamín, tuvo que pelearlo en infortunados juicios con la otra familia que el pintor tuvo. Y lo que logró, lo conserva celosamente en su templo, que es su hogar.

Sus canas revelan que el tiempo no pasa en vano, pero se mantiene regia. Cada detalle que la compone tiene un significado para ella y le saca partido. Destila un perfume suave, un poco amaderado, que envuelve cada esquina por donde va. En su mirada y porte está su madre, y en su arrojo, va la cuota firme de su padre. Segura de sí misma, se siente cómoda con la soledad que la acompaña, luego de cuatro matrimonios que no le dejaron nada. Pero el recuerdo de su madre regresa constantemente y con gran orgullo habla de ella.

Luce DePeron, nacida en Francia, fue una mujer extraordinaria, con gran relevancia en el arte y la cultura. Escritora, escultora, coleccionista de piezas arqueológicas, diseñadora de joyas, y una ferviente impulsadora de todas las manifestaciones artísticas y culturales. Creó el primer centro de arte del país —Centro Arte— donde aglutinó a los más destacados artistas del medio, impulsándolos con exhibiciones, presentaciones, conciertos y más. “Es un privilegio ser su hija. Tenía una mente lúcida y profunda, una persona abierta, honesta, muy carismática. Gran artista y escritora”.

Y luego, con un vaho de tristeza habla del matrimonio fallido que tuvieron sus padres, quienes se divorciaron luego de 7 años de convivencia. Recuerda el momento como un gran reventón que duró largos años de batalla. Después de la vorágine, Shirma y sus hermanas crecieron con un padre distante y alejado, absorbido por la fama y el talento que bullía en él. Pero Luce no falló, y fue quien sacó adelante a sus hijas por cuenta propia. Sus ojos se nublan y dice que la relación insípida con el famoso artista dejó un vago sabor de nostalgia y un grito de reclamo a la vida: “Mi infancia estuvo marcada por el conflicto entre mis padres con un mal divorcio. A mi papá lo veíamos muy poco, pero mi mamá luchó por educarnos y crecimos rodeadas de arte ¡La mejor educación!”.

Hoy, las raíces de Shirma se centran en sus hermanas y en Damián Cruz DePeron. Dayuma, cuenta, es multifacética en sus expresiones plásticas y Yanara, directora de cine. En tanto, Damián, hijo del matrimonio de Luce con Iván Cruz, es especialista en Marketing de grandes marcas.

Cálida y con un temperamento forjado en batallas dice: “Vengo de muchas historias, de una familia intensa, de estudiar y vivir en muchos lugares, de tener un montón de maridos, de viajar, de mi propio viaje interior, y, finalmente, de constantemente buscar cómo nutrirme intelectual y espiritualmente”.

 

La escultura, su ruta

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En su búsqueda personal, descubrió la cerámica en París y se enamoró, siendo muy joven y casada con un francés. Más tarde, se volcó en la escultura cuando vivió en San Francisco, Estados Unidos, en su segundo matrimonio, esta vez con un músico cubano.

Luego, en España, estudió escultura en Artes y Oficios y, en Nueva York incursionó en la escultura contemporánea. Mientras en Quito, como oyente en la facultad de Arte de la Universidad Central, aprendió a trabajar el metal, y aquello la cautivó.

Así, poco a poco fue aumentando el tamaño de sus creaciones, hasta llegar al gran Cóndor que atrae las miradas de miles de conductores que circulan por el intercambiador de la Simón Bolívar y avenida Oswaldo Guayasamín. Gran obra donada por un contribuyente que prefiere el anonimato.

Actualmente trabaja en otra gran escultura que medirá más de 19 metros: “Es una obra monumental pública, en homenaje a uno de los próceres de la Independencia que pronto será entregada a Quito, para ubicarla en un gran parque”. Se trata de otro encargo privado para donar a la ciudad. A la vez, Shirma continúa trabajando en obras escultóricas de luz. Un tema que le apasiona.

 

Una mujer libre y completa

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Después de todas las batallas libradas, dice orgullosa: “Queda en mí el amor por el arte y lo que soy, una mezcla de culturas y el resultado de fuertes personalidades… ¡Una luchadora permanente! Queda también el agradecimiento a mi padre, a mi madre por todo su trabajo y honrada de llevar sus apellidos”.

Y a nosotros nos queda la visión de una mujer excepcional, que ha sabido enfrentar con coraje y valentía el apellido que heredó. Hoy, a sus 62 años, sin los hijos que no quiso tener, y con su propia historia a cargo, se siente libre y dispuesta a seguir aprendiendo todo lo que pueda, sin parar. ¡El tiempo apremia!

 

Un nuevo florecer

REVISTA ARTES Y CULTURA / DIARIO LA HORA

Llega la hora de darle un respiro al forjar, de dar un receso al moldeo. Llega el momento de sembrar y, por qué no, jugar un poco a ser dioses, a crear un mundo más allá de siete días. Llega un instante para florecer.

La artista ecuatoriana Shirma Guayasamín está en etapa de florecimiento, recogiendo la siembra de su trabajo, donde deja de lado al hierro y su labor ceramista, donde le apuesta a nuevos materiales que le permiten ganar paciencia -algo que dice le falta-.

‘Floraciones singulares’ se llama su nueva cosecha, donde la fragilidad y la textura son predominantes en cada una de las obras desarrolladas.
Shirma juega con guaipes, hilos, finos alambres, silicona, acrílicos, cintas y sondas para construir una metáfora de la vida, de aferrarse a ella, de plantar bien las raíces.

Desde ayer, sus mangles, arbustos, corales, hojas y flores cuelgan y se plantan en la Galería ECX (Centro Comercial Paseo San Francisco de Cumbayá), en Quito.

Artista. En su taller, donde trabaja todas las mañanas y concibió ‘Floraciones singulares’.

Artista. En su taller, donde trabaja todas las mañanas y concibió ‘Floraciones singulares’.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Origen

Un tono melancólico, ese que siempre tiene su eco en la memoria, es el punto de origen. Un enorme ramaje evoca a unas fuertes raíces, tan fuertes como los deseos de su madre, la intelectual y escritora Luce DePeron,  por vivir.

Las sondas, aquellas por donde corría el oxígeno para que DePeron respire y le haga frente a su enfisema pulmonar, están adheridas a sus ‘Floraciones singulares’.

Y ahí aparece un nuevo ‘soplo de vida’ de vida para Shirma, quien construye desde materiales delicados una obra tan frágil como la vida.

Me encanta porque uso varios materiales, el espíritu de esta raíz es el metal, luego está el caucho de las mangueras y tiene  cinta Scotch. Es linda porque juegas con luces y sombras: todo se complementa”, dice la artista.

Perspectiva

Hablamos de una transición. Si miras las primeras obras de la serie tienen alma de metal, por ahí voy poniendo el cobre; pero quiero salirme del metal, quiero nuevas búsquedas”, comparte Shirma.

Esas búsquedas le llevan a la transparencia, una de las mayores preocupaciones que tiene hoy por hoy, además del movimiento y la textura.

Es textura, sobre textura, sobre textura… una serie de capas, porque a la final todo nos recubre. Las obras tienen muchos planos porque quiero que el espectador contemple, mire con atención para que descubra”, sostiene.

Así aparecen ‘Arbusto’, ‘Mata’ o ‘Gorgonia’ para este ejercicio de contemplación, que plantea “un proceso de irse descubriendo” a uno mismo.

También se trata de “un homenaje a la creación”, curiosamente, desde la artificialidad. “Claro, se evidencia mi amor por la naturaleza, pero a la vez estas obras son la antítesis de la misma, al momento en que uso plásticos y otros naturales, pero nos queda la sensación de que desde la creatividad podemos aproximarnos a su belleza”, reflexiona.

De esta manera, Shirma entrega una serie de especies artificiales, pero para nada cargada de artificios, pues la semilla de su  compromiso se esparce en cada una de sus obras. (DVD)

 

Shirma Guayasamin abre muestra en Quito

EL UNIVERSO.COM/INTERCULTURAL
Cristóbal Peñafiel, Viernes, 9 de marzo, 2018 – 00h07

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Una nueva y hermosa experiencia. Eso es lo que está sintiendo Shirma Guayasamín con sus últimos trabajos. Son más de veinte obras, cada una más singular que otra. Los materiales sencillos y que para muchos no significan mayor cosa, en las manos de esta prodigiosa artista, esos pequeños elementos alcanzan valores significativos.

Shirma está contenta. Y si es por ella, no tiene problema para darle los detalles de cada uno de sus trabajos. Sus ojos se iluminan cuando habla de sus ‘hijas’, esas obras que fueron apareciendo poco a poco para, después de más de un año, darle forma a la exposición Floraciones singulares.

Es poco y mucho, al mismo tiempo, lo que se puede adelantar del conjunto de las obras. Son piezas singulares muy escasas en las galerías de arte. Distintas por sus formas y los materiales con los que están elaboradas. Cuando alguien se acerca a mirarlas, vienen las interpretaciones: ¿Este es un sol, es un coral, es un mangle? ¿Y de qué está hecho? ¡Qué hermoso está! Y, allí, Shirma comienza su explicación. Esta obra, por ejemplo, se llama Lunaria y me gusta mucho. Son hojitas de las monedas del papa y esas monedas se llaman lunarias; ¡qué lindo nombre! ¿Dime que no es lindo?, dice.

Shirma confiesa que lo suyo en estos momentos es una transición entre sus trabajos en metal a la utilización de otros materiales más livianos.

Reconoce que trabajar en hierro es duro, pero que es algo que a la artista le gusta mucho y se siente muy cómoda en esa línea. La utilización de estos otros materiales la ha sorprendido gratamente porque, igual, permiten inspirarse, adentrarse en un espíritu de innovación, navegar en los recuerdos y dejar en cada obra su pasión por las figuras.

¿Recuerdos?. Claro, como la obra trabajada con mangueras de plástico, esos conductos de oxígeno que utilizaba su madre, Luce DePeron, para enfrentar el problema del enfisema que le complicaba su existencia. Entonces, Shirma dice que esa obra tiene que ver con eso de aferrarse a la vida, tal como lo hacía su madre.

En esa línea sublime y sentimental está un trabajo con representaciones de plumas, esas plumas que veía caer del cielo una amiga suya desde que perdió a su hija adolescente y que no podía resignarse a que algo así haya ocurrido. A su amiga, Shirma le rinde homenaje de condolencia, pide consuelo y paz con una hermosa obra sutil, minuciosa y transparente.

Shirma está buscando transparencias. Y para ello, los materiales que utiliza son diferentes: acrílicos, traslúcidos, plástico, silicona, entre otros, pero todos frágiles, moldeables y que impresionan a los visitantes.

Para asistir a la exposición, Shirma hace una recomendación: ir con la mente abierta y dispuesta a sorprenderse.

La exposición se abrirá mañana, a las 11:00, en la galería ECX, en el Paseo San Francisco, en Cumbayá, en las afueras de la capital. La muestra permanecerá abierta hasta el 10 de abril. Todas las obras están listas para quienes deseen llevárselas para sus colecciones particulares.

 

El mito con más de una lectura

Cuatro artistas plásticos exponen en la Flacso de Quito.

 

QUITO.- Katty Montenegro observa la exposición de artes plásticas Mitos, que se exhibe en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.

 

Dayuma y Shirma Guayasamín, Miguel Varea y Marcelo Aguirre reflexionan  sobre el hábitat selvático.

Cuatro artistas plásticos se han reunido para inaugurar las salas de la nueva sede de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), en Quito, con una reflexión conjunta sobre el mito amazónico.

Lo ha hecho cada uno desde su propia estética, lo que convierte a la exposición en una confrontación de miradas en torno a los mismos personajes de la selva: el reptil, el tigre, el puma, las hojas gigantes y los árboles que desbordan su propio cuerpo.

Se trata de Dayuma y Shirma Guayasamín, Miguel Varea y Marcelo Aguirre. No más de cuatro imágenes en gran tamaño y unos cuantos pequeños apuntes de cada uno de ellos, para una muestra de mucha calidad titulada Mitos.

Dayuma pone en el escenario un paisaje que se distancia del paisaje tradicional en cuanto no es una visión del espectáculo natural, sino una impresión desde el interior. El detalle del pincel atrae, imana, envuelve al espectador hasta que este se siente atrapado en la humedad del color de Dayuma. No hay un resquicio libre en el que la vista descanse, y la totalidad del cuadro es un solo momento de reposo. De equilibrio.

Shirma Guayasamín cuelga una espectral anaconda, de piel escamosa y oscura transparencia, a través de la impresionante propuesta realizada hace ya muchos meses, de cuerpos “de puro aliento” y sombra, trabajados en tela metálica. Aquí, la escamosa urdimbre de la piel de la anaconda cubre un cuerpo que es ante todo un sendero, una caída de agua, un descenso a la sima donde habita el mito: la cabeza de la anaconda.

Con las obras colgadas por Miguel Varea y Marcelo Aguirre “ocurre” algo. Hay un acontecimiento. Una confrontación más que un encuentro entre sus lenguajes estéticos y el motivo del mito. Son dos estéticas no para reconstruir una tercera, la de la selva, sino para trasladarla al propio espacio espiritual del artista.

Los tigres de Aguirre son los retratos humanos borronados por Aguirre a lo largo de su obra plástica. Los tigres, sin contexto alguno (con excepción del retrato del puma rodeado de un escenario de nube embravecida o caos mítico), brotados del blanco del papel, simulan jefes de alguna dinastía humana habitando el expresionismo de Aguirre. Son señores legendarios y no mamíferos carniceros que se confunden con la selva.

Miguel Varea narra (porque su rasgo delgado y profuso es como una abigarrada escritura) una leyenda escuchada, un mito contado por alguien llegado desde un lugar lejano. Su “serpienta” es un tríptico y una cartografía elaborada sobre el cuerpo de un reptil de fábula. Su inmovilidad es impresionante.
Es un viejo mapa animado, con una leyenda casi ilegible al pie, uno de esos textos dibujados por Varea en gran parte de sus obras (cuando no pinta el silencio, el silencio absoluto), que son a veces un enigmático comentario del artista frente a su propia creación.

Completan la exposición, los bocetos y obras en pequeño formato que dan testimonio del viaje de Dayuma, de Shirma, de Marcelo, por las tierras amazónicas del mito. Apuntes realistas, simples, como para ilustrar un libro de cuentos y leyendas.

Pero más allá de esta exposición colectiva, Dayuma Guayasamín presenta en el Centro Cultural Metropolitano una extensa muestra de sus obras más recientes, siempre en el límite entre lo popular y su crítica, entre el costumbrismo y una lectura original de la costumbre, entre lo sagrado y lo cotidiano. Tentando fronteras culturales para producir una pintura original, irónica.

Es un ritual, un retablo votivo, una evocación, cada uno de estos acrílicos sobre madera. Ex votos, retratos eróticos junto a cándidos floreros, repisas de anticuarios o de capillas, vitrinas de arte popular, puertas, pórticos, ventanas, fachadas adornadas como para una procesión festiva o un carnaval (fachadas pintadas, tal vez, para el festejo en una audiencia o virreinato colonial, por la coronación de algún Carlos, rey de España).

Desde su primera muestra, en 1978, Dayuma Guayasamín se ha mantenido tercamente dedicada a reconstruir, como si se tratase de una paciente labor de zurcido, los interiores de la realidad.

 

Cuando tú te hayas ido…

Me envolverán las sombras

Por: Ayodele Dutka

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La exposición de Shirma Guayasamín (Quito, 1961) hace algunos meses en el centro cultural metropolitano reúne tanto su producción escultórica previa (trabajo en cerámica, arcilla, escultura mixta) como su más reciente obra: esculturas en malla metálica, algunas de ellas suspendidas, de cuerpos femeninos en su mayoría. Podría también decirse que la materia prima con la que trabaja no es (o no sólo es) táctil sino que se distancia por lo menos dos grados de la materialidad. Primero porque lo notable de la muestra radica en la organización espacial y la iluminación de la misma, los distintos reflectores, ubicados en lugares estratégicos de las salas, proyectan una imagen fantasmática sobre los muros blancos y los pisos de piedra. Se trata de sombras móviles, traslúcidas de alguna manera debido al efecto estupefaciente del paso de la luz por entre las hendijas de la malla. El sexo de los cuerpos femeninos se teje entre la rejilla con textura vegetal (corteza de piel de coco) y los pezones apenas se sugieren con brotes de silicón (un material extraordinario para el caso, dadas las asociaciones posestéticas de los senos femeninos con este compuesto). El efecto final es, repito, extraordinario; por la tridimensionalidad de las sombras que, sin llegar a poblar las paredes, las habitan.

La segunda distancia con lo material tiene que ver con la gratuidad de la exposición; es decir, con el hecho de que la asistencia física de las personas a la exposición no requiere de un pago previo. Esta doble ausencia, la de una forma que proyecta un objeto que no se registra como causa (la sombra es más rica, texturada y misteriosa que su referente) y la de un auténtico y desconcertante evento que no requiere un desembolso (la experiencia evoca de una manera lateral no sólo el protocolo mercantil (la disposición de elementos, el devaneo catador de los concurrentes, ¿dónde está el precio?) sino el embrujo de la electrónica y su particular asociación de tecnologías, capital cultural y lucro (las sombras móviles tridimensionales asombrosamente evocan la rotación de objetos cibernéticos y efectos digitales).

Y así volvemos a las preguntas que soportan esta mirada, ¿qué hacer con una sombra? Occidente tiene algunas respuestas preparadas. La platónica: rechazarla por su “segundidad” o distancia de lo real, buscar en su lugar, el objeto, la presencia. La Jungiana: abrazarla, integrar aquella oscuridad a nuestro interior para dejar de ser sujetos escindidos, parciales, inmaduros. Ambas opciones evocan una lógica binaria que neutraliza la especificidad de la imagen negativa en función de una “pacificación” determinada (rechazar al otro, o integrarlo, subsumirlo a un modelo dominante), en ese sentido, la historia de la sombra en Occidente ha sido la historia de su masculinización. La heterogeneidad de las sombras de Guayasamín abren el medio; puesto que uno podría hablar con comodidad de una escultura de la oscuridad y de su abolengo tanto en la historia social (¿qué otra cosa son las brujas?) como en la historia de las formas (desde las sombras proyectadas para narrar historias hasta lo mimo y la fotografía). La figura femenina así desdibuja y multiplica significados y dirige nuestra atención (e imaginación) hacia otro espacio. Ese espacio utópico es a la vez un espacio que se ubica fuera del patriarcado y fuera del orden capitalista, doble desconcierto que impacta la experiencia visual y nos inserta en un no lugar para el que no hemos preparado, como dijera TS Eliot en The Love Song of J Alfred Prufrock (un poema también sobre la anomia), una expresión determinada. Tal vez por eso las esculturas carecen de cabeza y sustituyen ese centro ausente por la expresión múltiple y diversa de la materialidad y la inmaterialidad a la vez del cuerpo y de lo social (el cuerpo social, la corporeidad social). A todo esto debemos añadir la claridad del proyecto: las sombras corporales en efecto apuntan hacia formas libertarias que conjuran el deseo… a la distancia. A medida que nos acercamos a las paredes, obviando a nuestro propio riesgo las mediaciones múltiples insertas en el camino, podemos observar las marcas sobre el –por así llamarlo—cuerpo de la sombra, marcas carcelarias, alambrados que se interponen y cercan el desnudo. La constatación de la inaccesibilidad de esos cuerpos, su aprisionamiento –y esto es lo importante—estructural (electrosoldado al orden patriarcal) sirve como correctivo ante una demasiado fácil victoria de la mirada.

La escultura de Shirma Guayasamín presenta un horizonte utópico, fracasa al llevarnos al umbral del futuro, sin traspasarlo, pero tiene éxito en señalar los límites mismos de nuestro pensamiento presente: el cuerpo femenino, la sombra, la mercancía.

Un cóndor gigante «anida» en la entrada oriental de Quito

Una estructura metálica llama la atención desde hace varios días a los conductores que transitan por el redondel que une a la av. Interoceánica con la Simón Bolívar en Quito.

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Cóndor anida

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cuerpos de Shirma

Por: Alexandra Ayala Marin

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« Leve y vibrante / en metal frío, cortante, hiriente ».  No sé si por el material o por la estética creada con ese metal entretejido que sirve para proteger o para delimitar, o por el matrimonio espléndido -quizá el único- que pueden lograr las y los artistas entre materia e idea. No importa por qué, pero Shirma Guayasamin logra también hacer vibrar emociones adormecidas, borrar lo límites espaciales, gravitacionales e imaginativos que damos a los cuerpos, de mujeres sobretodo, interpretar la sexualidad, ponerla a flotar, elevarla como expresión estética y presentar una exposición como la que hace mucho tiempo yo no veía en Quito.

Esculturas o pinturas. Son, de verdad, cuerpos más allá de los límites, subyugando a la malla, dándole forma, cuerpo y alma como a la vida.  Me apropio del nombre de la muestra y de las palabras de Shirma como me apropié de las imágenes propuestas y expuestas.  Después de todo, un artista es tal cuando consigue que el público se sienta parte de su aventura creativa.  Y se emocione.  No con lo fácil ni lo evidente sino con su entrada inconsciente al juego propuesto: aquí puede mover o detener el movimiento, hacer que la sombra proyectada en la pared permita la ilusión de crear otra obra o muestre otros ángulos de la misma leve materia y nuevos significados, y entonces se sienta también partícipedel acto creativo.  Es el gran logro de Shirma en esta su primera exposición de artista ya madura que ha ido esculpiéndose a sí misma como sin prisas, dejando atrás, y sin embargo tan presente, la etapa de las artesanías de mujeres voluminosas y sensuales, de las que se propagaron imitaciones de venta.  Supo ponerle fin y seguir otras rutas del mismo camino: el arte.

En este juego de luces y sombras (en uno de los meollos de la pintura que Shirma traslada a la escultura), donde vemos cuerpos móviles y no obstante siempre iguales, con sus siempre mismas posibilidades de nacer, vivir, abandonarse al amor, caerse, levantarse, arrodillarse, parir, envejecer y morirse, la artista reflexiona y nos invita con ella:

« El cuerpo / envoltorio fugaz / pasa la vida / sopla el tiempo / SOLO / queda el recuerdo ».

Del cuerpo, terreno u objeto de pulmones y deseos, muchas veces solo vemos fragmentos que también ella crea y recrea en una muestra con su sello propio, sin contemplaciones, que resulta sensual y fuerte a la vez, como una copa de coñac añejo que envuelve con su buqué, primero, y después embriaga con su espíritu.

« Gracias por dar libertades a los cuerpos y mentes encerrados », escribió una mujer en el libro de visitas del Centro Cultural Metropolitano. « Es una magia verme plasmada en tu sentir de mujer a mujer », selló otra de las emocionadas y emocionados que dejaron sus comentarios en el mismo libro, casi lleno en el cuarto día de exposición.  Shirma emociona, conmueve, adhiere, no deja indiferente.  Ella misma se asombra de las reacciones. Y sugiere, con su misma mirada de niña, que aún tiene mucho que decir, que los legados del arte se demuestran en la arena de la creatividad.

Torso

Por: Diego Cornejo Menacho

La mujer se encuentra desnuda.  La miro desde su cabeza hasta su sexo.  Alcanzo a ver sus glúteos cuando me muevo.  Mi visita va también de abajo hacia arriba, donde imagino su cabellera.  Luego mis ojos se posan sobre su espalda y en la tensión de su cuello.  Está ligeramente arqueada hacia adelante y uno de sus brazos cubre parcialmente la línea de sus nalgas.  Está con la cabeza inclinada hacia un lado.  Es difícil describir la expresión de su rostro, porque mantiene los ojos cerrados y la boca entreabierta.  Podría decirse que ella esta soñando de pie, o experimentando un dolor íntimo, que la ha acompañado desde siempre.

Es hermosa?, me pregunto.  Pero, que es la belleza? Es únicamente lo físico de una persona? No, no es particularmente hermosa, si nos ajustamos a los parámetros generalmente aceptados de belleza, los occidentales, o los impuestos por el gusto europeo o estadounidense.  Pero es imposible dejarla de admirarla y no intentar formular preguntas que jamás escuchará.  Sus senos son pequeños y el vientre está ligeramente abultado.  Una de sus manos se posa en una mesa imaginaria, suavemente.  Así, sola, sin un cabello en su cabeza, ni en el pubis, ni en las axilas, ella representa el drama femenino de existir en este mundo, aunque ella no vive.

Cuando me encuentro observándola, Alexandra se me acerca al oído y me hace una revelación que no esperaba:

-Es tu eva.

Sus palabras me desconciertan por un segundo, pero enseguida sonrío.

-Verdad que sí?-, respondo.

Voy a donde Angela y le comento las palabras de Alexandra.  Entonces compartimos un ánimo de exaltación.

Estamos en la noche de apertura de la exposición de apertura de la exposición de la escultora Shirma Guayasamin, en el Centro Cultural Metropolitano, que ha sido un acontecimiento extraordinario, por lo que hace esta mujer con su gran talento.